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El gato se vuelve ratón. | Privado.

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El gato se vuelve ratón. | Privado.

Mensaje por Z. Catarina Belucci el Lun Ago 05, 2013 2:05 pm

Tenía hambre. ¿Cuántos días que no comía? ¿Dos? ¿Tres? Cuando no se tenía una obligación que le impusiera plantarse cierta rutina, no le prestaba demasiada atención a las horas. Además no tenía un reloj. Bueno, tenía uno pero no servía. No tenía dinero para comprar una hogaza de pan, menos iba a tener para pilas para un reloj. Aunque no venía al caso. Catarina solía desvariar cuando el hambre la cegaba en cierta forma. Caminaba de forma distraída, con las manos metidas dentro del bolsillo de su pantalón, con la mente puesta en la pequeña feria que se formaba en una de las calles más importantes de Chicago. Las personas cercanas a la italiana, no podían entender como a ella le gustaba tanto estar en aquella ciudad tan extraña como peligrosa. Sin embargo, la rubia había encontrado el encanto escondido detrás de las máscaras de agresividad. Y se había enamorado completamente de aquella metrópolis. Siempre despierta, llena de luces.

Caminaba detrás de una mujer que hablaba por teléfono, mientras llevaba en una mano la bolsa de compras en donde resaltaba una barra de pan. Justo lo que quería. Era una experta en esas cosas. Robar no era nada malo cuando se lo necesitaba. Y ella ahora necesitaba un poco de pan. Total, aquella mujer seguramente tenía el suficiente dinero como para comprar más. Mucho más. Y fue en el momento en que cruzaban una de las avenidas, en el que aprovechó la muchedumbre para sacar la hogaza y deslizarse entre los ciudadanos que habían permanecido ajenos a todos aquellos extraños movimientos. Rió entre dientes, satisfecha y orgullosa de sí misma, comiendo tranquilamente, metiéndose en la zona en donde los edificios más importantes de Chicago, se encontraban.

Y fue allí cuando lo vio. Enfundado en un impecable traje, con un bulto en su bolsillo delantero donde seguramente se encontraría una abultada cartera. El dinero necesario para salvarse el resto de los días, y adquirir papeles y lápices para hacer los retratos que luego vendería en la plaza. Tragó, y comió otro trozo antes de darle ese pan al niño que se encontraba sentado en una esquina de la calle. Antes de meterse de lleno en la situación, observó la salida hacía la otra calle, asegurándose una salida rápida. Humedeció sus labios de forma inconsciente, y miró hacía atrás con expresión cautelosa. Nada. Caminó hacía él, poniéndose detrás de otros hombres con trajes, pasando desapercibida, y deslizó su mano en su bolsillo, sacando la cartera en un movimiento fugaz, y comenzando a correr de forma automática.
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Z. Catarina Belucci

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Re: El gato se vuelve ratón. | Privado.

Mensaje por Booker Sinclair el Miér Ago 07, 2013 8:13 pm

  El hombre soltaba pequeñas y carismáticas risas mientras hablaba por el manos libres, tachaba y marcaba en su tablet sin problema alguno, campante y despreocupado como de costumbre. Booker disfrutaba del aire libre, y sobre todo de ese vago alarde de poder que le permitían los lugares públicos, las miradas de los comunes sobre su caro traje de sastre le otorgaban la sensación de triunfo que tanto había buscado desde que comenzó su nueva vida. No se trataba del dinero, por supuesto que no, papeles verdes no le daban descanso a la mente del hombre... lo que realmente le enorgullecía era el hecho de que pudo cumplir sus propósitos en muy poco tiempo, llegó a ocupar el puesto que deseaba ocupar, a hacer lo que deseaba hacer, tener lo que deseaba tener. El poder no estaba en sus manos, sino en su mente, colgando de su lengua y listo para abandonar sus labios. Listo para la siguiente partida de ajedrez con la vida.

  Qué ridícula era la vida de Booker al observarla bajo una lupa crítica, cuando volvía cada noche a su hogar no encontraba más que un ambiente frío y vacío, comida cara y extranjera que no sabía preparar, ni siquiera se daba el lujo de un perro o un silencioso gato, mucho menos una esposa sumisa o una prostituta embustera. No. Él podía ser miserable, pero se negaba a regocijarse en placeres tan vagabundos o gastar su tiempo en diversiones pasajeras. Orgullo, tal vez. Pero incluso sus pecados eran sofisticados y Booker pensaba mucho en ellos, a veces con miedo, otras veces con terror, pero por sobre todo: con deseo y curiosidad.

 Fueron suficiente para desarmarlo de sus agudos sentidos en el momento más crucial, no pudo detectar la mano que se metió entre sus pantalones hasta el punto sin retorno, cuando literalmente ya no había más que hacer además de correr. Booker frunció el entrecejo y se giró en menos de un segundo para ver un delgado borrón rubio de corta estatura y piernas ágiles corriendo con su cartera. El hombre río y tomó una decisión apresurada por primera vez en un buen tiempo, no molesto por la cartera, pero atraído por la odisea de la señorita, el Alcalde poseía una curiosidad implacable por las mentes activas y que de hecho parecían tener una vida interesante y el vicio incontrolable de suponer por la mente de todos, atribuyendole a la ladrona cualidades interesantes sin haber visto más que el borrón de su cuerpo corriendo.  

  Corrió, casi por instinto y con una curva irónica en la boca, muy cercana a una sonrisa. ―Permiso, permiso ―insistió, haciendo que la gente abriera paso a su corrida; Booker una vez tuvo un buen estado físico, pero era difícil seguirle el ritmo a la ladronzuela con un traje como el suyo. Logró desviarla hacía donde deseaba llevarla, un callejón de casas estrechas donde el paso disminuyó y Booker intervino, sabiendo que ella se había detenido en algún lugar invisible donde al menos podría oírle. ―Vamos, pequeña. Hay más de donde sacaste eso. ―el alcalde rió con la respiración irregular y una fina capa de sudor en la frente. ―¿Por qué conformarse con tarjetas de crédito? El plástico no se come. ―Sinclair ironizó, acomodando su saco y corbata aún bajo las deplorables circunstancias en las que se encontraba. En poco tiempo, vendrían a buscarlo y comprobar que estaba bien. En un segundo se había encaprichado suficiente con la muchacha como para no querer enviarla a la cárcel por una cartera.
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Booker Sinclair
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